Nacer y morir al costado de la vía

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Jonatan Ojeda fue asesinado por un policía de civil en la esquina de su casa, en zona sudoeste. El relato policial dice que hubo un enfrentamiento, otras versiones sostienen que se trató de un caso de gatillo fácil con un trasfondo que aún no se llegó a dilucidar.

Por Fabián Chiaramello

Jonatan Ojeda nació el 5 de octubre de 1998. Tiempos difíciles. Eran los últimos meses del gobierno de Menem, la situación política, económica y social estaba a punto de estallar —aunque para eso faltarían algunos años—. La pobreza se disparaba por los cielos y la situación de millones de argentinos se hacía cada día más crítica. En las barriadas populares de Rosario, como en toda ciudad del país, esto se sentía en cada cuerpo.

Durante un tiempo, Jonatan y su familia vivieron en lo de su abuela materna; hasta que pudieron comprar un terreno en la zona de Boulevard Oroño y las vías del ferrocarril —en la zona sudoeste— en el que levantaron un rancho. Vivieron varios años en ese asentamiento precario hasta que pudieron adquirir una casilla con algo más de espacio a unas pocas cuadras, sobre la calle Juan Canals. Tuvo que pasar una década para que algunos vecinos de villa Itatí fueran beneficiados con un plan de viviendas. Entre ellos estaba la familia Ojeda.

Casi no se movieron de esos límites, en zona sudoeste. Seguían viviendo al costado de las vías, sobre el Pasaje Margis, pero esta vez en una vivienda más confortable. Así y todo, costó mucho trabajo ampliar la casa y terminarla. En ese barrio, Jonatan hizo la vida de cualquier pibe: fue a la escuela, jugó, salió con amigos, se mandó cagadas, se enamoró. En esas vías, en esas pocas cuadras, también encontró la muerte joven a manos de un policía de civil que lo remató en la esquina de su casa. Apenas unos días atrás había estado festejando su cumpleaños número 17.

De su asesinato se desprenden dos relatos contradictorios y una serie de irregularidades que van desde la falta de pruebas, amenazas previas y testigos presionados hasta una evidente parcialidad en la investigación por parte del Ministerio Público de la Acusación. Todo hace ruido. Los familiares y amigos del pibe de 17 años lo escuchan y exigen el esclarecimiento de los hechos.

Relatos cruzados

Para la versión oficial hubo un robo, una persecución y un enfrentamiento a tiros. Pero ese relato hace agua por todas partes. César Martín Robledo —entonces cabo primero de la subcomisaría 22ª— sostuvo frente a dos agentes del Comando Radioeléctrico, que llegaron a la esquina cuando el cuerpo del joven aún yacía en la vereda, la versión que siguió la Unidad Fiscal Especial de Homicidios. Según este relato —que consta en el acta labrada por el Inspector Luciano Vallejos—, el domingo 18 de octubre, alrededor de las 7 de la mañana, el joven habría asaltado a una vecina del propio oficial que, alertado por su esposa, se levantó de su cama, tomó su arma reglamentaria y salió con su auto a correr al pibe de “gorra roja, campera negra y jean” que se escapaba por calle Marruecos en dirección oeste. Desde la casa del oficial en Pasaje Omnes al 4200 —a metros de Boulevard Oroño— hasta la esquina de Rodríguez y Pasaje Margis, Ojeda disparó dos veces hacia el VW Vento de Robledo. Siguiendo el acta policial, en esa intersección el joven “toma posición de disparo”: colocó una rodilla en el suelo y tomando el arma con sus dos manos disparó nuevamente contra el policía y este lo “repelió” con su arma reglamentaria; uno de los tiros le dio en la cara a Jonatan. El oficial bajó de su auto y lo requisó en búsqueda de un celular desde donde llamó a una ambulancia que tardó varios minutos en llegar. Cuando eso ocurrió, Jonatan ya estaba sin vida. En esa esquina quedó tendido, a unos metros de la casa donde lo esperaban su madre y su hermana.

A lo aportado por los dos agentes que llegaron quince minutos después de los hechos —es decir, que sólo reprodujeron lo relatado por Robledo—, se le sumó otro hecho que también consta en el acta policial. Se trata de un robo cometido unos quince minutos antes de las 7 por un joven “de similares características” en la esquina de Biedma y Ovidio Lagos. Así las cosas, Jonatan habría cometido otro delito antes de su persecución seguida de muerte.

Ningún testimonio pudo confirmar la versión oficial, pero sí aparecieron quienes la contradijeron.

Varios testigos afirmaron que el oficial le disparó a Jonatan y luego plantó un arma y una billetera. Esos elementos luego serían entregados a la policía por el propio Robledo, que los había “resguardado” de los vecinos que se acercaban furiosos a la escena del crimen. Lo que pueden reconstruir esas voces distan mucho del relato policial.

Un video filmado por una mujer pocos minutos después del disparo da cuenta de que varios vecinos vieron cómo el oficial fusiló a Jonatan y que le plantó el arma. “Lo boleteó al Joni; te vi, te vi”, se escucha entre llantos y gritos la voz de una vecina. Uno de esos testigos, que mostró predisposición desde el primer momento para declarar lo que había visto, fue intimidado por Robledo en dos oportunidades —en el lugar de trabajo y en la escuela de sus hijos—, por lo que no se presentó a ratificar lo que había contado a los familiares.

Adriana Ramírez, madre del joven, denunció la presión hacia los testigos y un accionar, de mínima, irresponsable por parte de la Fiscalía: ella misma se acercó para presentar los datos de los testigos, pero se desentendieron y la enviaron a la Jefatura para que le acerque la información a la sumariante Jaquelina Crosetti. “Le presento los datos de los testigos y a la tarde el policía los va a amenazar”, contó Adriana, sin mucho más que agregar.

Del robo cometido en la esquina de Biedma y Ovidio Lagos, minutos antes del fatal desenlace, también se desprenden contradicciones. Las tres jóvenes asaltadas declararon en la Fiscalía de Homicidios que el joven asesinado no era el autor del robo, ya que a éste lo habían vuelto a cruzar por la calle días más tarde.

Ni las contradicciones más evidentes ni las líneas que generan incertidumbre fueron atendidas por el fiscal a cargo de la investigación, Florentino Malaponte. El relato policial prevalece al resto y los antecedentes del adolescente parecen ser motivo suficientes para justificar su muerte.

Sí, porque Jonatan tenía dos causas por robo. La primera fue en junio, cuatro meses antes de su muerte. Por ser menor pasó unos quince días por el Instituto para la Recuperación del Adolescente (IRAR) —otro pibe que es asesinado luego de pasar por esas funestas paredes— y luego le otorgaron prisión domiciliaria. En ese momento ingresó al programa Libertad Asistida, espacio en el que realizaba talleres de cine, radio y fotografía. Acompañantes juveniles y familiares coinciden en que estaba muy enganchado, que le gustaba mucho y que no faltaba nunca. Estaban haciendo un cortometraje y en pocos días iban a exponer sus trabajos en una muestra. Facundo Peralta fue acompañante del joven en ese momento. Su descripción coincide con la de sus allegados: era un pibe “pillo”, con espíritu líder, muy inteligente. También, que estaba muy animado con todo lo que estaban haciendo.

En las musgosas paredes de la sede céntrica de Libertad Asistida, sus compañeros pintaron un mural para mantener vivo el recuerdo del “Perudito”, como le decían los pibes.

Que Robledo utilizó las causas que pesaban sobre Jonatan como coartada es evidente. Así lo sostienen los familiares. Al día siguiente del asesinato, el agente y su esposa Luciana Cisneros se presentaron en la Fiscalía para denunciar amenazas de represalias contra su familia y su propiedad, por lo que le otorgaron custodia policial. Se victimizó, aunque esa no sería la primera vez. Ese día también “recordó” que en el celular “que tomó para llamar al 911, del cuerpo del fallecido, podía verse una foto del mismo con un arma de fuego”; además aclaró que pudo ver en el Facebook otras fotos. La intención del policía fue justificar la muerte a partir de una supuesta peligrosidad del joven. Su pedido fue tomado y las fotos de la cuenta personal de la red social y de su celular fueron sumadas al expediente. Tuvo ese tiempo para revisar todo o lo hizo después, accediendo a las pertenencias del pibe asesinado. Esa es otra de las suspicacias.

Otro tanto hicieron algunos medios. Como el diario La Capital, que jerarquizó desde su titular que el joven tenía antecedentes. Un policía mató a un ladrón. Ya está. Eso es todo lo que quedó de la cobertura del diario más importante de la ciudad. Después ni una nota, ni un artículo más. Los pibes que son asesinados en circunstancias “dudosas” como ésta no merecen tanta tinta.

Tener antecedentes, ser joven, morocho, de un barrio pobre. No queda mucho que explicar. Es un cuerpo merecedor de balas. Esos peligrosos discursos atraviesan transversalmente a la sociedad, con una gran responsabilidad de los formadores de opinión pública; pero se agrava aún más cuando funcionarios judiciales se sirven de la misma lógica a la hora de hacer su trabajo.

Un crimen anunciado

Las amenazas previas y el hostigamiento sistemático de parte del cabo primero tampoco fueron atendidas en la investigación. No es un dato más. Familia, amigos y vecinos coinciden en que Robledo estaba buscando a Jona. Un punto de partida para entender lo que pasó puede ser la noche del jueves 15 —tres días antes—, cuando más de una decena de uniformados ingresaron al hogar de Ojeda, sin orden de allanamiento, persiguiendo a Nahuel E., un amigo del joven. Entre los policías, que además revolvieron las pertenencias de la familia y se llevaron tres mil pesos, se encontraba Robledo —a pesar de no ser personal de la seccional 15ª con jurisdicción en la zona—. El oficial exigió la presencia de Jonatan. Su madre le explicó que no se encontraba en su casa porque había salido con su novia, pero el policía insistió con que su hijo había participado en el robo de una moto de un familiar suyo. En ese momento le dijo que su hijo lo tenía cansado y que le iba a “armar un enfrentamiento” y lo iba a “matar como un perro”. Adriana le avisó a Jonatan que el policía lo había amenazado y le ordenó que se quede en la casa de su tía por precaución. Además, esa noche, la mujer fue detenida y luego liberada, a las cinco de la madrugada, bajo el pretexto de “errores en el procedimiento”. La plata nunca se la devolvieron.

El sábado siguiente, ya en su casa, Jonatan y su primo observaron desde la vereda un auto que pasó varias veces. Era Robledo. Esa misma tarde sus amigos le avisaron que el policía había estado preguntando por él. A la noche, el joven decidió salir con sus amigos. Fueron a una fiesta en el Club 25 de Mayo. Roberto Ojeda, su papá, se comunicó por teléfono para pedirle que no vuelva tarde y que tenga cuidado porque una vecina le había avisado que desde hacía unos días un agente lo estaba buscando. Después, le envió un mensaje de texto a Adriana —según consta en el expediente— que decía que el oficial lo estaba buscando en un auto y que estaba “todo disfrazado”.

Luego de la fiesta —alrededor de las 5.30 del domingo— fueron a la casa de una amiga, Nadia, en Santiago y Juan Canals. Cerca de las 7 emprendió la vuelta —en dirección sur-norte— a su hogar junto a un amigo que lo acompañó hasta las vías que están frente al Pasaje Margis, a pocos metros de donde sería asesinado unos minutos más tarde. Ese punto es una bifurcación en la que cada duda y contradicción habilita distintos caminos, pero quienes conducen la maquinaria judicial eligen el más seguro, o allanado, al menos para ellos.

Ismael Ojeda vive a pocos metros del lugar donde cayó el cuerpo de su nieto. Él pudo aportar otro dato al caso: Jona le había contado que estaba siendo amenazado por un policía porque “lo había querido meter en la droga” y él se negó. “Me decía que un policía lo amenazaba diciendo que si ya se había metido en esto no iba a salir”, declaró en la Fiscalía. A esto se suma el comentario de algunos vecinos que deslizaron que Robledo “pasaba todos los días a cobrar” a un búnker del barrio.

Tampoco se tuvo en cuenta lo que pasó con Nahuel E. luego de la persecución: fue detenido y, según la denuncia realizada por una defensora de menores, fue torturado por personal policial de la comisaría 15ª. Lo golpearon por todo el cuerpo y hasta le quemaron las manos. A pesar de que Robledo no era personal de esa seccional, sospechan que haya tenido participación en los hechos.

Los testimonios se acumulan en el expediente. Las irregularidades y contradicciones saltan a simple vista. Sin embargo, la Fiscalía no tuvo en cuenta la mayoría de estas líneas abiertas para realizar una investigación que pueda esclarecer lo que ocurrió esa mañana. Por el contrario, priorizó el relato policial e hizo lugar a la utilización de las fotos del joven y de sus antecedentes para justificar el accionar policial.

Botones de muestra

El historial de César Martín Robledo, por otro lado, da cuenta de un accionar violento casi insólito si se tienen en cuenta las causas que acumula.

Luego del asesinato de Ojeda fue imputado por homicidio simple. Le devolvieron su arma reglamentaria a las pocas horas y nunca fue detenido. Sin embargo, Robledo suma otras siete denuncias en su contra por distintos delitos.

En abril pasado, siendo entonces sumariante de la subcomisaría 22ª —lo ascendieron luego del asesinato del joven, casi como un premio—, cometió dos delitos en menos de un día. Fue denunciado por apremios y torturas contra dos jóvenes, uno de ellos menor de edad. Habían pasado pocas horas de la golpiza que dio a los dos hermanos en el calabozo cuando, desde su auto, le disparó a su propia esposa con el arma reglamentaria, frente a su casa en Omnes al 4200. María Luciana Cisneros, la misma que lo había alertado esa mañana cuando una vecina estaba siendo víctima de un robo. En la misma esquina donde empezó la supuesta persecución. Por ese hecho fue imputado por lesiones leves agravadas por el uso de arma de fuego; sin embargo, la jueza Irma Bilotta ordenó que sea liberado y que quede internado en la sanatorio Alem debido a sus problemas psiquiátricos. Tenía al menos dos antecedentes por violencia de género y carpeta psiquiátrica.

En otra ocasión, también fue denunciado por detener sin causa y golpear a una mujer de 57 años, a su marido y a su hija. A la primera la golpeó dos veces y le armó una causa.

Todavía falta dilucidar si tuvo participación en la tortura del joven Nahuel E.

Con semejantes denuncias y pruebas se hace aún más urgente escuchar los testimonios que contradicen a Robledo. “Si hubieran hecho algo la primera, no pasaba todo lo demás”, acertó Malvina Ramírez, tía de Jonatan.

Esa reflexión da en la tecla: la impunidad garantizada le dio vía libre a un agente policial como Robledo —que, incluso, fue ascendido dentro de la fuerza— para que siga cometiendo abusos de poder y otros delitos.

Sus balas fáciles también fueron dirigidas para intimidar a familiares de Ojeda. La mañana del asesinato, el tío del joven dijo ver todo lo que había pasado. Según su testimonio, cuando se acercó para increpar al oficial por lo que había hecho, Robledo le disparó para que se vaya. Lo mismo hizo con su abuelo, Ismael Ojeda -que vive a pocos metros del lugar donde cayó el cuerpo de su nieto-, a quien le gatilló cuatro tiros en el suelo para que se aleje cuando éste se acercó a la escena del crimen. A otro vecino le apuntó para que vuelva al interior de su casa.

También hubo intimidaciones posteriores. La casa de los abuelos de Jonatan, a metros del hogar en el que vive Adriana junto a su hija, fue baleada en dos oportunidades. El domicilio de los Ojeda estaba con custodia policial durante el día, pero los tiroteos fueron por la noche. “Yo lo denuncio. Viene el comando, mira y dice: ‘No, fueron piedrazos’. Del cordón de la calle miraron e hicieron el acta. Estaban los impactos de bala adentro también, porque traspasó los vidrios. Les dije eso y ni entraron… En ningún momento vino alguien a ver”, relató Adriana, dando cuentas de la voluntad para recolectar pruebas por parte de la policía.

Que Robledo pasa por la misma calle, con alguno de sus vehículos, provocando, es otra denuncia que se reitera. Una y otra vez los familiares tienen que lidiar con esos hostigamientos. Los últimos ocurrieron la misma semana que se cumplió el primer aniversario del asesinato del joven de barrio Itatí. Esta vez, con una camioneta nueva.

Familiares, amigos y vecinos tienen miedo de lo que pueda llegar a pasar. Temor que sintieron, con sobradas razones, aquellos que no se animaron a dar su testimonio para esclarecer los hechos.

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Vueltas de la Justicia

Pasó un año del asesinato de Ojeda y para la familia no hay nada claro. La Fiscalía parece convencida de ese primer relato policial. “La hipótesis primaria es la más concreta y firme”, informa con un mensaje de Whatsapp a través de su prensa. Aunque dan pocas cuentas de haber seguidos otras líneas “secundarias”.

Las quejas también llegan al Centro de Asistencia Judicial (CAJ). No sólo porque los familiares creen que durante los primeros meses sólo se perdió tiempo y se dilató la causa, sino que tampoco se brindó otro tipo de asistencia, como la psicológica, que necesitaron varios de ellos. Además se los desanimó.

La recomendación para que pidan asistencia del CAJ les llegó de varios lados, incluido el propio fiscal Malaponte. Ingrid Plessen fue la letrada asignada para el caso. “La abogada no hizo nada”, resumió Adriana. Su hermana, Malvina, fue la encargada de llamar todas las semanas para conocer si había algún avance, para acercarle testigos o para aportar lo que se necesite. “Me decía que no se podía hacer nada, como que ya estaba todo listo, porque no había testigos… Pero ella tampoco investigaba”, relató la tía del joven, y agregó: “Ella nunca nos dio esperanzas de que se pudiera hacer algo; nos decía que estaba todo perdido. Que el policía había hecho todas las cosas como tenía que hacer y que por las fotos del Face que tenía Jona y todo eso no lo favorecía en nada”. Tampoco orientó a la familia o les informó de otras instancias que por derecho le corresponde, como la constitución de una querella.

Fue así como se llegó a la solicitud de querella, presentada al fiscal Malaponte un día antes de que se cumpla el primer aniversario del homicidio. La misma está constituida por Adriana Ramírez y patrocinada por los abogados de la Asamblea por los Derechos de la Niñez y la Juventud Analía Abreu, Salvador Vera, Guillermo Campana, Nicolás Vallet y Lautaro Gieco. En el escrito que enumera los hechos y las contradicciones manifiestan que “el Ministerio Público Fiscal restó relevancia jurídica a aportes discordantes con la versión policial” y piden nuevas medidas para avanzar en el esclarecimiento del caso y determinar las responsabilidades penales.

Tres días más tardes, se realizó una conferencia de prensa frente a la Fiscalía de Homicidios y se le exigió al fiscal que reciba a los familiares. La reunión se concretó y el funcionario judicial se comprometió a recibir, de aquí en más, a los familiares y tomó nota de varios de los reclamos. Aún así, el encuentro no fue muy alentador para Adriana.

No le dieron tiempo

Su mamá y su tía no lo entienden. Tenía todo, lo que quería se lo daban. No le faltaba nada, aseguran. Y aún así, había salido a robar.

Jonatan había dejado el secundario hacía poco tiempo, en tercer año, y pasaba más tiempo entre amigos. Adriana trabajaba todo el día. Volvía recién a las diez de la noche. Quedaba muchas horas sólo. Andaba mucho en la calle. Por ese lado buscan una respuesta. “Era un nene normal que se descarriló”, afirmó Malvina. “Y cuando se quiso poner las pilas no lo dejaron”, agregó al instante Adriana, que aún espera que el Fiscal tenga en cuenta los talleres y todo lo que estaba haciendo: desde Libertad Asistida también le habían conseguido un cupo para hacer un curso de gasista y tenía pensado retomar la secundaria. “No le dieron tiempo a nada”, insistió la madre que llora a su único hijo varón que recién hubiese cumplido 18 años.

Cómo puede ser que —suponiendo que los hechos fueran los relatados por el policía—no le haya tirado en las piernas o en otro lado para reducirlo. Cómo puede ser que haya tenido tiempo para toda esa persecución y le dio justo en la cabeza. Cómo puede ser que el tiro se lo haya dado a esa altura, que parece la de alguien agachado o sometido. Cómo puede ser que si venía desde otra dirección haya terminando frente a la casa del mismo policía que lo estaba buscando. Cómo puede ser que haya tantas contradicciones, tantas irregularidades, tantos testimonios, e importen tan poco. Cómo puede ser que se investigue más a la victima que a su verdugo.

Esas son sólo algunas de las preguntas que no dejan de hacerse una y otra vez los familiares de Jonatan. Las mismas que deberían hacerse los encargados de investigar.

Que Robledo lo había amenazado tres días antes. Que lo iba a matar “como a un perro” y le iba a armar un enfrentamiento. Que esa noche lo andaba buscando “todo disfrazado”. Que esa mañana lo fusiló sin darle una oportunidad. Que lo único que se tuvo en cuenta fue la versión policial.

Esas son algunas de las certezas que no los dejan dormir.

Ahí están su hermana Iara, su novia Miriam, su mamá, su tía, sus primos, sus abuelos. Sus amigos. Todos esperan justicia. Exigen que se esclarezcan los hechos y que el policía sea juzgado penalmente para que no se pasee impunemente por el barrio. Frente a esas mismas vías que fueron parte de la vida de Jonatan, ese joven al que no le dieron tiempo para nada.

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