El Chula, los vecinos policías y la muerte

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Hace un año mataban a Facundo Cárdenas, de 20 años, a una cuadra de su casa en barrio San Francisquito. El hecho no está esclarecido y su familia habla de dudas en la investigación. La historia de un pibe más que salió del Instituto de Recuperación del Adolescente de Rosario para morir al poco tiempo.

Por Martín Stoianovich

Barrio San Francisquito, zona sudoeste de Rosario. Corría la noche del 14 de octubre de 2015. Hacía varias horas, cerca de las cuatro de la tarde, habían matado a Facundo Cárdenas, el Chula, de 20 años. Sus amigos estaban en una esquina del barrio, con más silencios que diálogos, recordando al pibe que jugaba de nueve en los torneos barriales. Un patrullero frenó en la misma esquina y se encendió el altavoz, del cual se escucharon risas y burlas. Hacían referencia al Chula, claro. Porque lo conocían, porque era del barrio, y porque hasta ese día había podido robar muchas veces sin que lo alcanzara la ley. “Chorros de mierda”, dicen los testigos del crimen que aquella tarde gritó, antes de gatillar, uno de los dos policías involucrados en el hecho. Ese día a Chula tampoco lo alcanzó la ley. Sí las balas policiales.

El día siguiente los medios de comunicación no dudaron en decir que el chico había muerto como resultado de un enfrentamiento por intento de robo. Porque es la versión que ofreció la policía involucrada en el hecho y porque es la versión que siguió el fiscal del caso, que en ese entonces era Rafael Coria, de la unidad de Homicidios. Y, además, porque esta vez la ecuación cerraba redonda: el Chula tenía antecedentes y había estado en el Instituto para la Recuperación del Adolescente de Rosario. El famoso IRAR, esa cárcel para menores de la cual los pibes se van con más chances de morir que de vivir. En los últimos seis años más de 55 chicos que pasaron por esa institución provincial, fueron asesinados al poco tiempo de salir según relevan desde el Colectivo de Investigación Militante sobre los Jóvenes y el Poder Punitivo.

Los otros días, las otras semanas, y los otros meses después del hecho, los medios de comunicación no volvieron a hablar del caso. No siguieron la investigación, que ahora está en manos de otro fiscal de Homicidios, Florentino Malaponte. Tampoco difundieron la voz de los familiares y vecinos que ofrecen otra versión, que no niegan que Chula haya estado robando ese día, pero dejan ver algunas inquietudes sobre lo sucedido. Es que no se pueden cubrir los cientos de asesinatos de jóvenes menores de 25 años ocurridos en Rosario en los últimos dos años. Y menos cuando el que mata es un agente de la policía. Y mucho menos cuando el que muere, efectivamente, era un pibe que robaba.

La versión que brinda la Fiscalía de Homicidios es que esa tarde Chula iba en moto con un compañero de andanzas, Leonel T. de 17 años. Que los dos chicos bajaron de la moto y encararon a dos personas, policías de civiles, que estaban parados en la puerta de la casa a punto de salir en moto. Que les quisieron robar las motos, y que para imponer miedo Chula le pegó con su arma un culatazo en la cabeza a uno de los policías. Cuando los agentes se identificaron, dice la versión del fiscal, los chicos partieron en moto disparando para atrás. Ahí fue cuando los dos agentes, uno de la Policía de Acción Táctica, y el otro del Comando Radioeléctrico, comenzaron a tirar. Así se explica el supuesto enfrentamiento del cual resultó muerto Facundo Cárdenas y herido de gravedad el otro chico. Los dos policías, que habían llegado al barrio hacía dos semanas, quedaron ilesos y listos para mudarse del barrio esa misma noche.

Estos relatos son supuestos, porque lo que ocurrió esa tarde nunca fue esclarecido. La Fiscalía de Homicidios informa por Whatsapp sobre los homicidios por los que nadie pregunta. Y dicen poco. Sobre el asesinato de Chula, indican que Malaponte continúa manejando la única línea concreta de la investigación. Tomó algunas declaraciones y agendó nuevas medidas de prueba para analizar la posibilidad de producir otra hipótesis. Los dos policías involucrados ni siquiera fueron imputados. “Se les tomó declaración en libertad en el momento del hecho”, dicen desde la Fiscalía en lo que parece lo más cercano a un punto final en la causa.

La soledad de María

Desde el otro lado de uno de los escritorios de la Fiscalía de Homicidios, una empleada del lugar observó a María, hermana de Chula, y atinó a responderle ante una seguidilla de preguntas. “¿Y si tu hermano lo mataba al policía?”, le cuestionó. “Yo le dije que la diferencia es que mi hermano lo iba a pagar toda su vida e iba a morir verdugueado adentro, y que el que mató a mi hermano no lo va a pagar porque es policía”, dice María que respondió. Ella no se quedó callada. Hasta que un día bajó los brazos. Dice que no hay caso, que no va a pasar nada con la causa de su hermano.

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Entonces ya no va más a la Fiscalía, como iba antes, a preguntarle a Malaponte si hay algún avance sobre esos rumores que andaban corriendo por el barrio. Luego del hecho, algunos testigos, que después no quisieron declarar – María dice que por miedo- le brindaron algunas puntas que la llevaron a pensar en que aquel relato oficial no está muy ajustado a la realidad. Lo primero que desencaja con la versión policial es que dicen que eran dos los jóvenes que iban en moto con el Chula. Y María lo sabe con certeza porque un rato antes del hecho, ella vio a los tres pibes subirse a la moto. Ese es el disparador de una serie de dudas que, hasta el momento, son solo de ella.

Cuenta María que su hermano tenía pensado el robo de aquel 14 de octubre. El blanco era una pinturería del barrio. Ese día el chico pasó por la casa de su hermana, al rato se cruzó a comprar un jugo al almacén de enfrente y después lo pasaron a buscar en moto sus dos compañeros. Después Chula volvió a entrar a lo de María, se cambió la ropa, se puso las zapatillas y partió.

María, después de que mataran a su hermano, se enteró que el robo a la pinturería quedó frustrado. Un vecino le dijo que había seguridad y cámaras. “Que no vaya ahí porque le iban a comer el lomo”, dice María que sugirió el vecino. Los pibes pasaron por la pinturería, no se animaron a concretar el robo y siguieron de largo. Dieron un par de vueltas por el barrio y pasaron varias veces por donde unos minutos después se desató el tiroteo.

Al rato tocaron la puerta de su casa. María salió. Era un amigo de su hermano, que avisaba que a Chula se la habían dado. Que estaba herido. A una cuadra y media. “Cuando llegué ya estaba lleno de policías, no me dejaron pasar, habían vallado todo”, recuerda María. Algunas personas, incluidos policías, le dijeron que su hermano todavía estaba vivo. Otros, que estaba muerto. A la escena llegó la mamá, gritando el nombre de su hijo. Tampoco la dejaron pasar.  Ninguno de los familiares en ese momento pudo hablar en profundidad con algún policía o con el fiscal, que dio un par de órdenes y se fue sin siquiera hablar con la prensa que apenas estaba llegando a lugar de los hechos.  A un par de metros de distancia, en el cruce de las calles, estaba la moto de los chicos y Leonel herido. A los dos se lo llevaron al hospital. A Chula ya muerto, a Leonel esposado.

A partir de entonces las versiones del hecho se bifurcaron. A la versión de la policía ya relatada la continuó la Fiscalía con su investigación. Y María, como haciendo las veces de fiscal para obtener aunque sea una verdad, golpeó puertas del barrio, habló con pibes, vecinos, comerciantes, y engrosó así su manojo de dudas.

Cuentan algunos vecinos que los tres chicos pasaron en moto varias veces por la zona, mientras uno de los policías estaba en la puerta de la casa lavando o arreglando su moto. En una de esas vueltas, el policía, que no era el único que sospechaba de los tres pibes que circulaban constantemente por la zona, les gritó “chorros de mierda”. “Mi hermano se baja de la moto a querer robarle o pegarle porque le había gritado, le pega al policía en la cabeza y ahí sale el otro policía de la casa”, dice María que le contaron. “Algunos dicen que mi hermano disparó dos veces para arriba”, agrega. Y supone que fue entonces cuando el policía que estaba adentro salió disparando su arma. María piensa. Cuestiona si su hermano iría a robar una moto a poco más de una cuadra de su casa, por donde pasaba todos los días. Y eso le hace pensar que quizás solo se bajaron a agredir al policía. Pero también sabe que el intento de robo es una posibilidad concreta.

“La gente dice que primero se escucharon los dos disparos de mi hermano, y que después el policía vació el cargador”, dice María. Y lo que continúa en el relato es lo que a ella más la preocupa. Después de los disparos sólo uno de los chicos siguió a bordo de la moto, pero resbaló y cayó herido. El Chula dobló en la esquina por calle Gaboto, también herido, y ayudado por su otro compañero. “Dicen que el otro chico llevaba a mi hermano a rastra, que el policía lo alcanzó y le dijo ‘dejalo porque te mató a vos también’”, cuenta. “Hay gente que dice que Facundo cayó muerto, y otros que la policía lo mató cuando estaba en el suelo, pidiendo que no lo matara porque tenía una hija”.

“Mi duda es por qué lo mataron si ya lo tenían reducido”, analiza y así pone en duda la versión del enfrentamiento.  Cuando el fiscal de la causa era Coria, a María le dijeron que su hermano recibió solo un disparo, debajo de la axila derecha, y que había ingresado por ahí porque el chico estaba en posición de tiro. “Facundo era zurdo, le tendrían que haber dado del otro lado”, cuestiona y arriesga: “Él se tapó la cara y le tiraron, por eso entró por abajo del brazo”. Reconstruyendo lo que le dijeron los vecinos, María cree que Chula estaba en el suelo y atinó a cubrirse el rostro con el brazo derecho, dejando expuesta la zona por donde ingresó la bala.  También duda de la cantidad de disparos que recibió su hermano. Si bien el fiscal asegura que fue uno, en el barrio le dijeron que fueron tres. Un aspecto que no pudo esclarecer porque en todo este tiempo no le permitieron ver la autopsia ni el expediente de la causa.

El pibe murió en la puerta de una vivienda. La mujer que vive en esa casa alcanzó a ver al chico herido y atinó a buscar un trapo para asistirlo de alguna forma, pero cuando quiso salir la policía la obligó a meterse adentro y no la dejaron asomarse. Otros agentes se pusieron sobre la ventana para que no pudiera ver. ¿Por qué? “A Facundo le encuentran un arma, la policía dice que es una 9 milímetros. Los chicos tenían un arma, pero no una 9, seguro se la plantaron ellos para decir que fue un enfrentamiento”, supone María.

“Es muy obvio que prepararon la escena”, dice la joven y explica: “La moto del pibe, que supuestamente no se puede tocar, la movían para todos lados cuando el fiscal todavía no había llegado. Una no es tan ignorante”. Cuando el fiscal llegó a la escena del crimen, fue repudiado e insultado por los vecinos. A los pocos minutos se fue, pero el cordón policial continuó hasta que se llevaron el cadáver de Chula. María reitera un recuerdo que le quedó grabado: los policías sonriendo alrededor del pibe tirado en el suelo.

La cancha marcada

“Hasta hoy no tengo nada, me dicen que la autopsia todavía no está, que la ropa se extravió, que no cierra lo que dicen los vecinos”, dice María sobre lo poco que le respondían en la Fiscalía. “A Malaponte no le conozco la cara, desde que voy allá me atendieron cuatro o cinco personas diferentes pero nunca él”. Ella es clara cuando habla y pide, al menos, recibir la misma claridad por parte de la institución que tiene que investigar el asesinato de su hermano. No anda suplicando la inocencia de Chula. Sabe que hay una realidad en la que su hermano robaba, pero en la que también hay ciertas irregularidades sobre su asesinato. “Yo no sé lo que pasó porque hay versiones muy distintas, y nadie lo va a defender a mi hermano porque era chorro”, se resigna.

María sabe mucho. Sabe que la ropa que su hermano llevaba puesta ese día puede delatar la cantidad de disparos que recibió. Por eso le parece raro que esas piezas fundamentales se hayan extraviado. Sabe que la policía no puede disparar deliberadamente. “De acá para arriba es fusilamiento, de acá para abajo es repeler”, dice marcando el límite de las piernas y el torso. “La secretaria del fiscal me dijo que sé mucho, ¿y cuál es el problema?”, critica. Que conozca los límites de la policía es una herramienta para ella y un problema para quienes deben investigar. Quiere saber cómo mataron a su hermano, si realmente hubo enfrentamiento o si los rumores de los vecinos se ajustan a la verdad. Pero está sola, ni siquiera tiene un abogado que la acompañe para poder ser querellante en la causa. Ahora dice que se resignó. La condujeron a esa decisión los silencios y tantas puertas golpeadas sin abrirse.

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“Para la sociedad era un delincuente más, yo entiendo que estén cansados de que les roben, de que los maten. Pero mi hermano no se merecía vivir como vivió, ni morir como murió”, reflexiona María. El Chula tenía la vida marcada: su juventud y su presente en riesgo y su futuro endeble.

El IRAR fue una de las marcas más fuertes. Cuenta Facundo Peralta, ex trabajador de la institución y acompañante del Chula, que el pibe “era terrible, muy pícaro”. Entre ellos había surgido “una relación de cariño”, dice. Por aquellos años, cuando el Chula era menor de edad, los trabajadores del IRAR encarnaron un proceso de transformación en la forma de relacionarse con los pibes, donde primara lo humano y la juventud como potencia vital y no como castigo. La lógica de “recuperación” que impone el IRAR siempre fue cuestionada por los trabajadores que buscan otro abordaje sobre las problemáticas de la juventud. Peralta explica que en ese entonces en el IRAR había dos formas de trabajar, pero que con el paso del tiempo hubo trabajadores echados y trasladados. Y así fue que se impuso una sola de esas formas, la que prima una lógica punitiva de cárcel. Por eso nadie se recupera en el IRAR.

El Chula había empezado con el robo a los 16 años cuenta su hermana. “No era algo de todos los días, ni estaba siempre de la cabeza”, dice. “Cayó en el IRAR a los 17 años, estuvo un mes, salió y estuvo diecisiete días afuera. Te digo los días exactos porque tenía todo anotado. Después volvió a caer por una moto y estuvo cuatro meses de nuevo en IRAR”, recuerda. Cuenta que cuando estuvo en el Instituto, ella iba muy seguido a Tribunales a pedirle a la Defensora que lo saquen. “Ella me decía que es un instituto, yo le decía que es una cárcel y que ahí no se recupera nadie”, dice y agrega sobre su hermano: “Él ahí se cortó todo, se tajeaba las piernas. Yo lo veía en la visita y me quería morir, era un mar de llantos”. Después, ya siendo mayor de edad, estuvo detenido y acusado por un asesinato, pero en la rueda de reconocimiento no lo señalaron y quedó desvinculado.

“Era mi debilidad”, dice María. El Chula nunca buscó trabajo y se había acostumbrado a las comodidades que le daban su mamá y su hermana. “Tal vez yo hacía mal. Si le faltaba zapatillas yo se las compraba, comida no le faltaba. Nunca le soltamos la mano”, cuenta. El 27 de noviembre siguiente al asesinato de Chula, su pequeña hija Siomara cumplía su primer año de vida. “Estaba enloquecido él, estaba desesperado por el cumpleaños y quería conseguir plata para aportar. Yo le dije que le iba a pagar la fiestita y ya habíamos comprado las cosas”, detalla María. Para entonces, el Chula ya tenía la cancha marcada.

 

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