Por las penumbras de La Sexta

El caso de Dante Fiori tiene versiones que en el barrio son certezas pero para la justicia sólo suposiciones. Su familia conoce de cerca la hostilidad del Poder Judicial pero sigue exigiendo justicia. El único policía involucrado ni siquiera está imputado.

Por Martín Stoianovich

Dante, con los ojos de Noemí

Es media mañana y la lluvia cae densa y constante. Para llegar a la casa de la familia Fiori hay que atravesar un terreno baldío con césped de unos pocos centímetros de alto en el que apenas rebota el diluvio. Adentro de la casa esperan la mamá, una tía y las hermanas de Dante. La lluvia cayendo contra el techo de chapa del comedor ofrece un sonido insistente que a los pocos segundos se vuelve costumbre. El día está fresco y por de más de gris. Alguna luz encendida en la casa despeja un poco la oscuridad e ilumina un par de rostros que denotan angustia. El nombre de Dante invadió la casa y, aunque no llama la atención, es algo que impacta. Está pintado sobre las chapas de afuera, sobre un árbol de tronco grueso y raíces a la vista, sobre la pared interna del comedor. Con aerosol o con lápiz. Azul, rojo y negro. Sobre la heladera se ven unos pedazos de cartón corrugado con una fotocopia en blanco y negro que lleva la foto de Dante y un pedido de justicia. Tienen dos agujeros pequeños por los cuales pasa un hilo grueso de algodón. Son pequeñas pancartas que usan cuando salen a la calle a exigir justicia. Dante tenía 25 años cuando en la madrugada del 16 de abril de 2015 lo asesinó a balazos el policía Luciano Sigulín, empleado de la Policía de Investigaciones.

La madre de Dante se llama Noemí. Tienen los mismos ojos. Celestes, grises o apenas verdes, y grandes. Ofrece un diálogo paciente pero fluido, y expresa, tanto con sus palabras como con su mirada, un dolor que pareciera estar a flor de piel muy frecuentemente. Antes que lo matara la policía, en un hecho que hasta la fecha no tiene ningún tipo de esclarecimiento, Dante vivió 25 años y Noemí estuvo siempre a su lado. Desde sus años de cursado en la Escuela primaria 1148 de Villa Gobernador Gálvez, y la interrumpida secundaria en el Nacional 1 de Rosario, hasta sus años de juventud en los que tuvo un hijo y además conoció muy cerca los convites de la calle en las barriadas rosarinas.

Noemí cuenta los hechos de aquella noche de abril conteniéndose, pero se ablanda del todo cuando recuerda a su hijo. Las lágrimas afloran a cada rato y entonces sus ojos grandes brillan más cuando se humedecen. “De chico yo luché mucho por él”, dice. Insiste en que Dante había tenido mucha experiencia en distintos trabajos desde que era chico. Fue carbonero pero al paso del tiempo abandonó porque tenía una carga horaria que no le daba resto para hacer cualquier cosa de un pibe de veintipico. Su hermano le consiguió trabajo en el puerto, y después fue sodero. También hizo un curso de panadería y con su título trabajó algún tiempo. Pero dejó porque no soportaba el calor del horno, y se inclinó por la carnicería. En una sucursal del supermercado La Gallega un carnicero con más de veinte años de experiencia le enseñó los trucos del oficio. Así, aprendió a despostar, deshuesar pollos, filetear, hacer milanesas y hamburguesas. Noemí recuerda que cuando su hijo comenzó a trabajar en el supermercado chino de Riobamba y Moreno, la venta diaria rondaba los dos mil pesos al día. Al paso de los meses, la carnicería duplicó la ganancia diaria y a Dante le subieron el sueldo.

“Siempre pensaba en el futuro, tenía el proyecto de ponerse la carnicería, tengo las cosas guardadas”, agrega Noemí, señalando hacia una habitación en donde están los elementos sin uso que Dante estaba preparando para su comercio. También se daba sus gustos cuando iba al balneario de La Florida con su hijo o salía de noche con sus amigos.

Paola es una de sus hermanas. Es muy seria y habla poco pero brinda una serie de recuerdos que dejan ver quizás la parte más cotidiana de su hermano. Lo describe como conversador, divertido. “Siempre con una sonrisa en la cara”. El recuerdo que más destaca tiene que ver con una marca que dejó su ausencia. “Todos los domingos se pagaba el asado, nos reunía a toda la familia en el patio”, dice Paola y agrega que extraña esa costumbre familiar.

Dante era hincha de Newell´s, y acostumbraba ir a la cancha. A veces lo hacía con su hijo Yahir, con quien compartían la pasión que quedó inmortalizada en varias fotos y también en otros lugares como en la pared del exterior de la casa. “N.O.B Yahir te amo”, dice una pintada rojinegra hecha con lápices. En su perfil de Facebook Dante mostraba sus gustos, sus cariños, sus amistades. En casi todas las fotos sale él, con su hijo, con su sobrina Melo, con su mamá, con sus amigos, en la cancha o en el trabajo con el uniforme de carnicero. También hay fotos en las que posa con un porro en la mano, con comentarios avisando que lo va a encender y diálogos virtuales con sus amigos en el que comparten picardías. En otras sale mostrando un arma de fuego, o haciendo gestos con las manos, siempre sonriendo.

Un tiempo antes de ser asesinado, Dante había estado detenido. Una noche la policía allanó una vivienda en la que estaba con sus amigos, encontraron un arma de fuego y fueron imputados por portación de armas. Una de sus hermanas cuenta que ella también fue detenida esa noche, incluso estando embarazada, por filmar el allanamiento que la policía estaba realizando sin ninguna orden judicial. La noche que mataron a Dante, el policía argumentó un intento de robo del cual hasta el momento no hay ninguna certeza. Su familia asegura que no, y cuenta por qué. Dante había estado vinculado al delito, no quería volver a entrar e intentaba construir otro camino. Apostaba a la carnicería, y se había comprado un auto que su familia terminó vendiendo para pagar los gastos de los abogados por la causa en la que se investiga el hecho. Noemí no esconde la verdad, convencida que los antecedentes y prejuicios no pueden justificar el crimen de su hijo.

Pasa el rato y la lluvia afuera es tan constante como el reclamo de justicia por Dante que llevan adelante sus familiares, reclamo que tiene más de un obstáculo. El miedo de la familia y de los testigos, los prejuicios de la sociedad, el silencio del fiscal. La angustia crepita, como los latidos del corazón, y como la lluvia. Esperan que el cielo se aclare.

El dolor, la única certeza

Dante cenó la noche del miércoles 15 de abril en la casa de su hermana Paola y su cuñado, y cerca de las tres y diez de la madrugada del jueves lo dejaron en auto en su casa ubicada en los primeros números de calle La Paz, en pleno barrio La Sexta. Cuando entró, su madre lo recibió y entre saludos y charlas encendieron el televisor. El reloj del canal Crónica marcó que apenas pasaban las tres y veinte de la mañana. Dante buscó una campera, avisó que se iba a lo de su amigo que vive en Necochea y Pasco a charlar un rato y terminar el vino que había sobrado de la cena con su hermana. Su mamá y la novia de Dante, que vivía con ellos, le pidieron que se quedara porque era tarde. Pero él no quiso e invitó a su compañera para ir juntos. Como le dijo que no, se fue solo.

Noemí lo acompañó hasta el portón que da al terreno baldío, donde se despidieron y desde donde lo miró hasta que llegó a la calle y dobló a la izquierda. La señora volvió a entrar y clavó su mirada en el reloj del canal Crónica, que marcaba las tres y media de la mañana. En un instante se escucharon cinco disparos de manera continua y todo se paralizó. “Vamos afuera, Dante salió y sentí unos tiros”, dijo Noemí, asustada, a la novia de su hijo.

Los familiares de Dante llegaron a la esquina de Chacabuco y La Paz segundos después de que arribara un móvil de la policía. Varios efectivos hicieron un cordón sobre un cuerpo sin vida que yacía en el pavimento. La novia de Dante intentó superar la barrera policial para saber si se trataba de su compañero, pero fue agredida por un policía que la empujó negándole avanzar. De todas maneras lo reconoció, por la remera de la selección argentina que llevaba puesta. Un vecino, que también miraba, le confirmó a Noemí que se trataba de Dante. A los pocos metros del cadáver, quedó la botella de vino que el pibe llevaba en sus manos.

El desconcierto invadió a una familia que por varias horas no supo qué había pasado ni quién había asesinado a Dante. Sólo desgarraba la certeza de una vida esfumada.

Los medios de comunicación informaron sobre el hecho el viernes 17. Dieron a conocer que quien había disparado a Dante es un efectivo de la Policía de Investigaciones (PDI). Se trata de Luciano Sigulín, de 34 años. Especificaron que estaba de civil cuando mató a Dante con cuatro disparos de su arma 9 milímetros reglamentaria.

La primera versión de los diarios rosarinos fue, como suele suceder, la versión que los fiscales construyen a través del relato de la policía. Dijeron que Dante había intentado robar a Sigulín, quien se aprontaba a subir a su auto junto a un joven de 15 años luego de visitar a unas amigas del barrio. En ese momento habría sido interceptado por Dante, quien supuestamente abrió la puerta del auto, se llevó un estéreo y otras pertenencias. El relato oficial dice que hubo un enfrentamiento, desatado luego de que Sigulín se identificara como policía. Cuatro balas alcanzaron un cuerpo, y todas al mismo, el de Dante. Tres de frente y una en la espalda. Pero en la escena del crimen, a pocos metros del cadáver, apareció una pistola Bersa calibre 22, por lo cual el fiscal Miguel Moreno consideró creíble la versión del policía y decidió dejarlo en libertad.

Ni Noemí, ni sus hijas, ni el resto de la familia Fiori, especularon con el paso de los días. El viernes 17 de abril ya impusieron sus voces y salieron a decir que la muerte de Dante escondía un caso de gatillo fácil. Por estos días, a más de seis meses del hecho, lo siguen sosteniendo.

“No, no me tirés, ya fue, ya fue”, pidió Dante con las manos en alto al policía Sigulín, según contó días después del hecho un vecino que, mientras aquella noche esperaba a su hijo dentro de su casa, vio todo por la rendija de una ventana. “Este testigo se asomó y vio cómo Sigulín ejecutó a mi hijo”, dice Noemí, quien dio vueltas por todo el barrio buscando testimonios que se animaran a declarar, porque el fiscal Moreno había preferido quedarse con el relato policial. “Señora yo vi todo, yo sé lo que pasó”, dijo la noche del asesinato de Dante un hombre detrás de la cinta de seguridad que había tendido la policía. “Un milico le pegó un empujón para que no diga nada y se fue asustado”, recuerda Noemí.

Los días siguientes al hecho, la familia Fiori hizo marchas en el barrio, pintaron las paredes de la cuadra donde fue asesinado Dante, y hablaron con los vecinos. Así, comenzaron a salir a la luz algunos relatos que por el miedo a las represalias se mantuvieron como rumores. “Con el tiempo se van sabiendo las cosas, muchos vieron algo”, dice hoy Noemí, convencida de que aquella noche Dante no había intentado robar y mucho menos llevaba un arma de fuego. Cuenta además que otro vecino vio desde la terraza cómo el policía manipuló el cadáver de Dante, dándolo vuelta de lado a lado reiteradas veces, y asegura que también vio cuando le plantaba el arma a unos pocos metros. Noemí afirma que este vecino sacó fotos, pero tampoco las entrega por temor a que se corra la voz en el barrio.

El relato que la familia Fiori logró construir dice que Dante pidió sin éxito que no le dispararan, y ya herido intentó correr para el lado de calle Chacabuco. Pero cayó al suelo, Sigulín lo alcanzó y lo remató. Luego lo arrastró nuevamente a la escena principal de los hechos, donde el policía dice que tuvo lugar el intento de robo. “En el suelo estaba la botella de vino, ¿cómo una persona va a robar con una botella en la mano, cómo abrió la puerta del auto si estaba armado?”, cuestiona Noemí. No es la única pregunta que no tiene respuesta. Supone que pudo existir algún tipo de relación entre Dante y Sigulín que desembocó en aquel encontronazo. “Me comentaron que él hace años frecuenta el barrio, que le tenía bronca a mi hijo”, se sincera.

“Me siento re mal, recién en la esquina de mi casa vi cómo un policía ejecutó a un pibe, yo no serviría para hacer una cosa así”, dice Noemí que un gendarme vecino le comentó a un amigo de la familia momentos después del hecho. “¿Vos sos el hermano de Dante, que lo mataron en calle Chacabuco?, decile a tu mamá que lo mande en cana a ese hijo de puta, que le traficaba droga a tu hermano y lo mató igual”, agrega Noemí, que otro vecino del barrio le comentó a su otro hijo.

Así se grafica la desolación y la desesperación de la familia Fiori: rumores que no llegan a consolidarse como pruebas porque no hay respaldo judicial que lo garantice. Las voces bajas en el barrio cuentan que Sigulín iba casi diariamente a la casa de las amigas de la que salía aquella noche, y que formaba parte del entramado de distribución de droga en el barrio. Rumores que no son corroborados, pero tampoco desmentidos. Lo que no es rumor, es el asesinato de Dante. Para el fiscal Miguel Moreno fue legítima defensa en un enfrentamiento. Para la familia Fiori, un caso más de gatillo fácil. El dolor, la única certeza.

“No hay respuestas, no hay nada”

El caso Fiori puede convertirse en un paradigma de la impunidad en la nueva Justicia Penal de la provincia de Santa Fe. Hay una persona asesinada. Para la investigación judicial Dante es culpable de un intento de robo y resultó abatido en un enfrentamiento. Para su familia es víctima de un caso de gatillo fácil. Exigiendo que se escuche su reclamo para que el hecho se investigue a fondo y se esclarezca, la familia Fiori se movilizó en distintas oportunidades. En una de estas movilizaciones, dieciocho integrantes de la familia, entre los que había un bebé, fueron detenidos por la policía. Este resumen grafica no sólo la impunidad, sino también la culpabilización de la víctima y la criminalización de la protesta.

El episodio ocurrió en la mañana del pasado 10 de junio, cuando en la puerta del edificio de la Fiscalía de Homicidios se concentraron distintas familias que denunciaban casos de gatillo fácil, exigiendo entrevistas con el fiscal Miguel Moreno, que investigaba todos aquellos hechos. Un grupo de manifestantes identificados con una organización de base incendió un volquete de basura y unas cubiertas, por lo cual las familias que ya se habían encontrado con el fiscal se retiraron del lugar. Sólo quedaba la familia Fiori, pero Moreno se negó a recibirlos y el enojo fue aún mayor. De esa forma, el fiscal dio la orden que se reprimiera la manifestación y las dieciocho personas fueron detenidas en la Comisaría 2da. “No nos querían atender, pero nosotros seguíamos esperando, no tenemos bien en claro que pasó”, comenta hoy Norma, tía de Dante y una de las afectadas por la represión policial aquel día.

“Él dijo que va a seguir a juicio, que la causa no se cierra”, dice Noemí que le aseguró el fiscal Moreno. La familia Fiori pide que al menos se detenga a Sigulín o se lo suspenda de sus funciones, pero nada de eso ocurrió. La causa transcurre como uso de legítima defensa, y el policía está libre, cumpliendo sus funciones en la PDI. “Moreno me dijo a mí que las veces que yo quiera ir él me va a recibir, pero es siempre lo mismo. No hay respuesta, no hay nada. Voy, hablo y siempre me llevo las mismas palabras”, agrega Noemí. La última información brindada desde la Fiscalía, se condice con el estancamiento que denuncia la familia de Dante. “Se esperan informes de pericias pendientes en la escena del hecho, donde hay material probatorio de lo sucedido esa noche. Hay llamados al 911 y testigos que dan versión de los hechos que están siendo corroboradas por pericias que se realizaron en el lugar, y se evalúan nuevos testimonios”, explicaron.

La tía de Dante acompaña en las movilizaciones y comienza a conocer el mundo que gira alrededor de los casos de gatillo fácil. “Sabemos que es complicado, por eso hemos ido a hablar con los vecinos. Pero es difícil cuando se trata de un policía. Por eso la gente no presenta las fotos que sacaron esa noche”, comenta Norma. Y agrega, desde una mirada crítica, una realidad que a su vez se convierte el argumento que utilizan los fiscales para explicar los pocos avances en las investigaciones: “Todos dicen, pero va de boca en boca, y sabemos que es cierto, pero no sirve de nada así”. Los dichos que corren por el barrio, para la familia Fiori son sustanciales y deben ser tenidos en cuenta, pero hasta el momento la Fiscalía no repara en estos elementos. “Nosotros tenemos claro que si el fiscal quisiera, citaría a cada uno de la cuadra a declarar. Pero Moreno la manda a Noemí a hablar con los vecinos. Para nosotros no tiene la buena intención de que esto se aclare. Él encubre a la policía y ese será su trabajo”, sentencia Norma.

En términos generales, Norma prefiere contextualizar el crimen de Dante en una realidad en la que se incluyen muchos casos similares. Deja de exigir justicia sólo por su sobrino, y plantea una mirada crítica a la violencia policial. “Casos de gatillo fácil hubo siempre, pero ahora va en aumento y vemos la intención de la Fiscalía de encubrir a la policía”, analiza. Por otro lado, aporta una autocrítica constructiva que va en paralelo con un proceso inminente que tiene que ver con el acercamiento de todos los familiares de víctimas de cualquier tipo de violencia policial. “No hay unión de todos los casos. Hay gente que no hace nada porque no sabe cómo encarar, también hay gente que ha empezado y deja en el camino porque es durísimo. Cada vez hay más casos, y como estamos ahora, solos y cada uno por su lado, no sirve”, dice y deja abierta una puerta a través de la cual se puede comenzar a construir un camino colectivo hacia la justicia.

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Raíz

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