En el medio de la vida, la muerte

Gatillo-facil

Una familia que sigue transformando su inmenso dolor en lucha por el esclarecimiento de los hechos, para acabar con la impunidad y determinar la responsabilidad estatal y para conseguir una condena ejemplar para los agentes. Que a Joni lo mató la policía, no hay dudas.

Por Fabián Chiaramello

El pibe que quería navegar

Con los primeros rayos de sol, Marcelo y María Elena comienzan a amasar su único sustento económico: la harina para las tortas asadas que venderán durante el día frente a su casa de barrio Tablada, en la zona sur de Rosario. El asador está ubicado casi en la vereda, ahí donde Bulevar Seguí se corta con Ayacucho. En esa misma esquina, hace casi un año, varios policías acribillaron a balazos a su hijo Jonatan mientras lavaba su auto.

Es media mañana y están esperando con el mate listo y las primeras tortas asadas. María Elena invita a pasar a su hogar y Marcelo se queda con las brasas. El cambio de estación complicó las ventas y la vida de la familia Herrera se hace todavía más difícil. El día trae un poco de optimismo: parece que va a llover y eso ya es un alivio. “Vamos a tener que amasar algunas más”, dice María Elena con una sonrisa en el rostro, confiada de que con el mal clima se venderá algo más. Los hijos más chicos están en la escuela y los más grandes trabajando. En el comedor hay unas pocas fotos y en casi todas está Joni: en una de ellas se lo ve feliz junto a su hermano mellizo.

La familia es numerosa y muy unida. María Elena y Marcelo tenían nueve hijos, hasta que cuatro agentes de la flamante Policía de Acción Táctica (PAT) segaron la vida de uno de ellos con total impunidad. La fuerza había sido estrenada en septiembre para suplantar a las federales que se retiraban de la ciudad. Joni tenía 23 años, un hijo de casi dos meses y miles de planes. Era un pibe muy inquieto y con una gran familia que lo apoyaba siempre. Hacía poco tiempo había comenzado a trabajar en Falabella y estaba contento porque iba a cobrar su primer sueldo al día siguiente. Ese no era su primer trabajo: antes había pasado por Briket, de donde lo echaron como a todos los jóvenes que usan las grandes empresas por un tiempo hasta que prescinden de ellos, una de las tantas formas de precarización laboral. Además de su paso por estas empresas, Joni y su hermano mellizo, Nahuel, lavaban autos de la noche a la mañana frente a su casa. Ahí tenían todo, la bomba y los tanques. Eso sí, la changa se hacía en la época en que no iban a la escuela. La prioridad de la familia siempre fue que sus hijos estudien.

Esa insistencia de sus padres caló muy profundo en Joni, como en cada uno de sus hermanos. Él había estudiado en la Escuela Naval y en mayo iba a ir a rendir a Buenos Aires para embarcarse. Le había prometido a su madre que el trabajo era transitorio hasta poder concretar su plan de embarcación. También se quería anotar en radiología. Según su mamá, hacía todos los cursos que podía: decía que todo sumaba “para el currículum”.

María Elena cuenta que Jonatan era muy detallista y se arreglaba mucho. Entre sonrisas recuerda varias anécdotas: “Cuando andaba de novio con Sabrina (la madre de su hijo), le decía ‘a tal hora salimos’ y ella venía y estaba horas esperando porque él estaba en el baño arreglándose… Peor que las mujeres”. La risa se le escapa en cada uno de esos recuerdos. Cuando llegaba tarde a la escuela por la misma razón, decía que era por el colectivo: “Si él no iba en colectivo, se iba caminando”, se ríe.

A Jonatan lo recuerdan como un pibe muy familiero y amigable. Pasaba horas tomando mates y hablando con su abuela que vive a unas seis cuadras, a veces se quedaban hasta la madrugada. Era muy unido a sus hermanos y a sus primos y por cada trabajo que pasó se hizo de innumerables amigos y compañeros. En la escuela secundaria a la que asistió, en Buenos Aires al 2700, un mural tiene estampado su rostro, su nombre y mantiene vivo el recuerdo de un joven querido, uno de los tantos que son asesinados por las balas de las fuerzas represivas.

La impunidad de los que viven del dolor ajeno

María Elena recuerda cada detalle de ese 4 de enero de 2015. Esa mañana fue al dormitorio y vio a todos sus hijos durmiendo, Joni entre ellos. Era domingo y con su marido fueron a la iglesia evangélica, como era costumbre. Volvieron pasado el mediodía y antes de que cierre el supermercado del barrio fue a comprar para hacer la comida. Estaba por cocinar pero Marcelo le insistió para ir a lo de su madre, donde seguramente iba a estar toda la familia, como casi todos los domingos. Ella despertó a sus hijos pero Joni, Leandro y Federico -un sobrino que estaba en su casa- se quedaron durmiendo. Alrededor de la una y media Jonatan la llamó preguntando por otro de sus primos, María Elena le dijo que no estaba y le insistió para que fuera a comer el asado. Pero él tenía otro plan para ese día: se iba a encontrar con compañeros y compañeras de la Escuela Naval en el Parque España para pasar la tarde. En ese momento llegó Sabrina con su pequeño hijo, Ciro. Entonces Joni decidió quedarse y se puso a lavar el auto junto a su primo y su hermano.

Mientras tanto, a unas cuadras, un joven que había robado una juguetería en San Martín al 3500 fue divisado por dos efectivos del Comando Radioeléctrico que comenzaron a perseguirlo por Seguí. Cuando el pibe llegó a Alem se cayó de la moto que manejaba -una Zanella 50cc- y uno de los agentes, una mujer rubia, le apuntó con el arma, pero el joven igual se escapó; los policías lo corrieron a los tiros hasta que cayó en la puerta de la casa de la familia Herrera. Lo tiraron al piso y lo redujeron debajo de una galería que da sobre el pasaje Villar. En ese momento, Leandro y Federico que también estaban lavando el auto se metieron adentro de la casa, igual que Sabrina -que de la desesperación no llegó a entrar al bebé y lo agarró una vecina-. Joni justo iba a prender la bomba y quedó del otro lado: apremiado por la situación se agachó e intentó resguardarse detrás de un pequeño árbol que está frente a la casa, sobre Ayacucho. En ese momento, cuatro efectivos de las PAT que volvían del rally Dakar, que ya no estaban en funciones, obligaron al chofer de la línea 133 a ir hasta la esquina de Ayacucho y Seguí, bajaron y sin mediar palabras comenzaron a dispararle a Jonatan. Fueron más de veinte tiros, en su cuerpo dieron tres. Uno en su cabeza. Lo primero que hicieron los policías -Ramiro Rosales, Francisco Rodríguez, Luis Sosa y Alejandro Gálvez- fue juntar las vainas. “Podrían haber matado hasta al bebé… Es algo que vieron todos los vecinos -relata con voz rasposa, María Elena-. Hay una testigo que justo va a la estación a comprar cigarrillos y cuando cruza le grita: ‘¡Joni, tirate al suelo, tirate al suelo!’, y él no atinó a tirarse al suelo, estaba en cuclillas y se quedó quietito (ella me decía que estaba asustadísimo) y ahí le empiezan a disparar”.

En la galería de la casa, el otro pibe siguió reducido, estaba herido de bala en una pierna, y pudo escuchar todos los disparos. Eso es lo que ratificó en su declaración como testigo. Los hechos desmienten todas las versiones oficiales: los efectivos de las PAT no se tirotearon “con un ladrón”, como reprodujeron los principales medios sin verificar si el relato tenía algo de lógica. Ni siquiera vieron al joven tirado en la galería: en el medio había una mesa de madera, el auto blanco que estaban lavando, los tanques de agua y la bomba y algunas maderas. Además, desde ese lugar es muy difícil que hayan querido disparar hacia el lugar donde el otro joven estaba tirado y ya había sido reducido. “No le dijeron ‘¡quedate quieto o te disparamos!’ o ‘poné las manos arriba y salí’; directamente bajaron y le tiraron más de veinte tiros. Había un pedazo de cuero cabelludo pegado en la pared, había marcas de tiros en el parrillero que teníamos ahí, en el árbol que estaba todo marcado por las balas”. Es el relato del horror que le toca contar a su madre y a su familia, que no se calla y que no se cansa, para contrarrestar la tergiversación de los hechos.

Eso no fue todo. La policía “rubia”, que según la familia nunca fue investigada por su accionar en los hechos, quiso cambiarle el arma al pibe que estaba en el suelo: “Le querían echar la culpa de haberle disparado a Joni y a un policía que estaba herido en la pierna… Y Joni estaba acá a la vuelta, tirado, nada que ver; a menos que ahora tengan balas que doblan”, explicó indignada. Sabrina, Leandro y Federico pudieron ver desde la ventana de la casa cómo los policías le intentaron plantar el arma al joven, pero los mismos vecinos no se lo permitieron.

 “¡Qué hicieron, mataron un pibe bueno!”, gritaban y puteaban los vecinos de la cuadra ante semejante situación. Esa misma mujer, la policía, comenzó a gritarles y a enardecer aún más el clima.

Entretanto, a unas cuadras de los hechos, en Esmeralda y Biedma, la familia siguió en la casa de la abuela esperando a Joni. Ya eran las dos y media de la tarde y Nahuel, el hermano mellizo, le dijo a su novia que tenía un presentimiento raro: “No sé, algo pasa. Lo voy a ir a buscar a Joni para que venga a comer”. Dejó a su novia, agarró la moto, fue hasta el lugar y se encontró con lo peor. Cargó a Sabrina y volvieron a avisarle a la familia. María Elena estaba sentada en la puerta porque en la casa eran casi cincuenta. “¡Mami, mami, vení que a Joni le pegaron un tiro!”, le gritó a su madre que no podía entender -no quería entender, diría después-. Fueron todos hasta el lugar, incluso los vecinos. Cuando llegaron, María Elena vio al otro pibe que estaba tirado y pensó que era su hijo. Se dirigió a la policía “rubia” y le dijo: “Dejame pasar, es mi hijo”. La mujer le dio un empujón y la tiró al suelo. Los vecinos se indignaban cada vez más. En pocos minutos llegaron alrededor de cien policías y los presentes reaccionaron tirando piedras y puteando ante la prepotencia del accionar policial y por la falta de la asistencia médica urgente para Jonatan. La represión con balas de goma fue la respuesta inmediata.

Jonatan Herrera murió a los quince minutos de llegar al hospital. Había recibido tres balazos: uno en el muslo izquierdo, otro en el pie derecho y el mortal fue directo en la cabeza. Todos los disparos fueron de nueve milímetros y todas las armas de los policías habían sido disparadas.

Una familia unida que amasa justicia

Marcelo es callado. Parece cumplir con esa premisa de que la procesión va por dentro. Su tamaño contrasta con el de María Elena, una mujer pequeña, pero con una fuerza inmensa. Ella no se calla nunca. Los dos tienen un motor gigante que es la familia que siempre los está acompañando. Hermanos, primos, tíos… Todos están en cada lucha, para recordar a Joni y exigir justicia.

A diferencia de la mayoría de los casos de gatillo fácil, con Jonatan no pudieron instalar la coartada del enfrentamiento. La estrategia fue distinta: los policías se estaban tiroteando con un ladrón y Joni la ligó de rebote. Esa fue la versión oficial. Eso dijeron el fiscal de Homicidios Adrián Spelta, la policía y lo repitieron los medios rosarinos desde el primer momento. Todos los testimonios de vecinos y de uno de los testigos clave de la causa, el joven que había asaltado la juguetería, contradicen a los policías. El pibe ya había sido reducido y él mismo dijo haber escuchado la ráfaga de disparos que venía del otro lado de la casa. Es decir que los agentes de la nueva fuerza de seguridad provincial, la PAT, no fueron un refuerzo del Comando Radioléctrico en medio de un tiroteo, sino que bajaron del colectivo y dispararon más de veinte tiros hacia el lugar donde Jonatan intentaba resguardarse. La vecina que había ido hasta la estación de servicio pudo dar cuenta de la falsedad de ese relato. Ella vio que no existió tal enfrentamiento y que los policías, sin dar siquiera un grito de alerta, dispararon sobre un pibe de 23 años.

El caso tuvo varios vaivenes y las irregularidades aparecieron desde la primera hora. A una semana de los hechos, el juez Gonzalo López Quintana ordenó la detención de los cuatro agentes de la Policía de Acción Táctica. Las armas de los policías fueron peritadas y la conclusión a la que se arribó fue que todas tuvieron participación en los hechos. Es decir que todos los agentes habían disparado. Fueron más de veinte tiros. Pero según el peritaje, sólo se pudo determinar el autor de uno de los disparos que dieron en Joni. Ramiro Rosales fue el oficial que acertó en el muslo del joven. La figura que recae sobre Rosales es la de homicidio calificado, mientras que al resto de sus colegas se les adjudicó el mismo delito pero en “tentativa”. El origen del tiro mortal, el que le reventó el cráneo, no pudo ser determinado ya que, según las pruebas de balística, el plomo de la bala quedó totalmente destruido. En ese momento, la familia se mostraba muy conforme con la decisión del juez de encarcelar a los policías. “Yo ahora no les creo nada”, dice por estos días María Elena.

La defensa de los otros tres agentes -Francisco Rodríguez, Luis Sosa y Alejandro Gálvez- intentó desde el primer momento volcar toda la responsabilidad en Rosales y exigir la prisión domiciliaria de los acusados. Según ellos no existen pruebas suficientes para incriminar a sus defendidos y además se sirven de la indeterminación de la bala que dio la muerte. Sin embargo, las primeras pruebas demostraron que todas las armas habían sido disparadas: cualquiera de ellos puede ser el autor de ese disparo. Los agentes no dudaron desde entonces incriminar a Rosales como el único responsable, incluso adjudicándole la incitación para que disparen sus armas.

En un primer momento, la querella de la familia estaba representada por los abogados Paul Krupnik y Gustavo Feldman. Según María Elena, éste último se acercó a la familia luego de los hechos y les ofreció su patrocinio. La relación fue tensa desde entonces: si ellos no llamaban a los abogados, no eran notificados sobre el desarrollo de la causa y a veces eran avisados sobre las audiencias con apenas pocas horas de anticipación. La paciencia llegó a su fin cuando la familia se acercó a la Fiscalía para estar presente en la audiencia donde se iba a revisar la prisión preventiva de los acusados por el delito de tentativa de homicidio. Ese día, 26 de septiembre, descubrieron que hacía diez días uno de los acusados -Alejandro Gálvez- había sido beneficiado con la prisión domiciliaria. Ni sus abogados ni el fiscal Adrián Spelta, con los que habían estado en comunicación en varias ocasiones en ese lapso de tiempo, los habían notificado de la audiencia donde se definió que ese policía podía irse a su casa. La indignación y la bronca de la familia se hizo escuchar. María Elena denunció frente a las cámaras que estaban presentes la complicidad de la Fiscalía y el accionar sospechoso de sus propios abogados.

En ese momento, Feldman, Krupnik y el fiscal Spelta ya habían acordado cambiar la carátula de los tres imputados por tentativa de homicidio y pasar a la figura de abuso de arma de fuego, ir por el juicio abreviado y sostener la calificación para Rosales. El cambio de la figura y un juicio abreviado podrían significar una pena menor para los otros tres policías y en poco tiempo quedarían en libertad. La familia rechazó por completo esta salida y denunció que sus abogados y la Fiscalía estaban arreglando a sus espaldas. Ese día, el juez López Quintana ratificó la prisión preventiva sosteniendo la domiciliaria para uno de ellos, ignorando el pedido de la querella para anular la audiencia donde se tomó la decisión sin dar aviso a la familia. María Elena está convencida de que si ellos no hablaban frente a las cámaras de televisión y no denunciaban a la justicia, el cambio de carátula estaba garantizado: “Si no decíamos nada, hoy estaban los tres libres. El que está acusado (de homicidio) quizás estaría en su casa esperando la sentencia”.

Esa no fue la única irregularidad. Ese mismo día, en la audiencia express que fue suspendida por el juez, María Elena y una de sus hijas reconocieron a dos de los abogados defensores de los policías que habían estado en su casa días atrás haciéndose pasar por peritos de la Fiscalía. La abogada Sara Marcos se presentó, “con nombre y todo”, en la puerta de la casa y le explicó a la madre de Jonatan que habían ido por un peritaje. María Elena primero les recriminó que después de ocho meses recién se acerquen a tomar las pruebas; pero después les mostró y explicó todo con detalles: dónde estaba su hijo; dónde estaban el auto, la mesa, los tanques, la bomba; dónde habían pegado los tiros. “Les muestro todo y les digo todo. Incluso me quedé pensando que me había olvidado de decirles que en frente tiene un balazo el vidrio, ellos ya se iban, me cruzo y les digo eso. ‘Sí, sí -me dice el abogado-. Quedate tranquila, va a salir todo bien’. Me agarra la mano y me dice eso, yo no sabía nada. Eran los dos que van ahora a las audiencias. Nunca me dijeron que eran los abogados de los policías”. El relato, con cada detalle, es una muestra de las irregularidades y de la impunidad con la que se manejan hasta los propios abogados. Otro de los defensores de los policías es el también cuestionado José Luis Giacometti, quién desde el primer momento se encargó de instalar en los medios que los policías no tuvieron intenciones de matar, que fue por falta de experiencia. Además, Giacometti tiene un pasado reciente como comisario en dos regionales del Gran Rosario y como policía defendió públicamente la “mano dura” para “combatir la delincuencia” en las villas.

“No necesitas tener experiencia, vos ya vas con la intención de querer matar. Yo le doy un arma a mi hijo y no la va a disparar… Porque Jonatan quería meterse en la policía -cuenta María Elena-, pero yo se que él no hubiese disparado. Esos policías nunca van a vivir tranquilos, teniendo en la conciencia que mataron a un pibe inocente, así haya sido un ladrón de primera, no hay derecho de matar a una persona por matar, le tenés que dar la oportunidad”. Las palabras salen entre lágrimas: “Así como hicieron con mi hijo pudo haber pasado cualquier cosa… Acá siempre está lleno de chicos, acá siempre están los amigos… Estaba el bebé”.

María Elena sostiene que durante más de ocho meses no se hizo nada y se perdieron muchas pruebas. A la vecina que presenció los hechos nunca la llamaron a declarar, la cámara de seguridad de la esquina (un domo que está en Ayacucho y Seguí) no fue peritada para determinar si había sido alterada -ya que sólo filmó cuando los policías se acercan a Jonatan, luego de los disparos, según la Fiscalía- y en todo ese tiempo se dilató la causa y se intentó acordar un camino más corto que garantiza la impunidad y el encubrimiento. Además hubo otros testigos a los que nunca se citó (como el chofer de la línea 133) y otros que no se animan a declarar porque está involucrada la policía. “Uno tiene fe en la Justicia y te das vuelta y te clava un puñal por la espalda”, sostuvo decepcionada.

Por tantas irregularidades, la familia se acercó al Servicio Público Provincial de la Defensa Penal para solicitar el patrocinio de otro abogado. Fue Cintia Garcilazo quien comenzó a representarlos, mientras que Feldman y Krupnik continúan con la querella de Sabrina, la novia de Jonatan y madre de Ciro.

La familia Herrera, junto a su nueva defensora, acompañados por organizaciones de derechos humanos, políticas y sociales, presentaron el 21 de diciembre un rechazo al juicio abreviado al que intentan arribar el fiscal Adrián Spelta en conjunto con la abogada defensora de Gálvez, Rodríguez y Sosa. Los policías se harían penalmente responsables de un delito menor: el de abuso de armas agravado por el abuso de su función en la fuerza policial. “No sólo no se le atribuye la tentativa de homicidio a los efectivos policiales imputados, por la que venimos luchando desde un primer momento de manera incansable, sino que también ante la posibilidad de juicio abreviado, los imputados quedarían en la calle”, explicaron en un comunicado. También denunciaron el “pésimo” accionar de la Fiscalía que deja en claro que se “encubre” a los policías que asesinaron a Jonatan. Exigen un juicio oral y público para que se haga justicia y se determine la responsabilidad del Estado en los hechos.

María Elena y Marcelo son fuertes y están bien acompañados. Todos sus hijos, primos y parientes están presentes en cada ocasión. Algunos de ellos siguen soportando con su cuerpo las consecuencias de aquel fatídico 4 de enero. Leandro vio a su hermano agonizando cuando salió de la casa. Tenía 16 años y no puede borrar esas imágenes de su mente…  Y los recuerdos, en ocasiones, se transforman en un llanto incontenible. Su primo Federico, que tiene casi la misma edad, sufre ataques desde ese día y necesita atención médica. La vida de todos ellos está marcada, hay un antes y un después. Nahuel prometió ir a rendir para embarcarse y así hacer efectivo aquel plan de navegante de su hermano mellizo.

Pero tanto dolor, tanto sufrimiento, tanto atropello, impunidad e injusticia se transforma en combustible para seguir luchando por Joni. Ellos aprovechan cada espacio y cada ocasión para visibilizar lo que pasó y exigir justicia. Así fue que María Elena y Marcelo viajaron al Encuentro de Mujeres de Mar del Plata para llevar su caso y siempre están presentes en otras luchas o acompañando a otros familiares.

Tienen bien en claro que sin movilización, sin salir a la calle, la impunidad está garantizada. Claro que todo esto significa un sacrificio enorme para la familia, pero se las arreglan: el objetivo es desandar el camino de injusticia que se trazó durante casi un año.

La mirada de María Elena a veces va más allá de su situación y demuestra un alto grado de desesperanza y a la vez de conciencia. “Tengo como una rabia por dentro, no sé cómo explicarlo”, dice ofuscada, y agrega: “Es difícil que cambien las cosas, porque si no hay más robos, si no hay más asesinatos, no vivirían los abogados, los fiscales y menos los jueces; porque viven de todo eso… Los jueces, la policía… Ellos están viviendo a costilla del dolor de los demás; agarran plata, pero todo manchado con sangre… Ellos viven del dolor nuestro”.

“El barrio más peligroso de Rosario”. Ese fue el mote con el que varios medios nacionales describían a Tablada hace unos años. Cada tanto reaparecen ese tipo de menciones. Quizás, los que viven del dolor ajeno, encuentran en esos titulares la legitimación para su accionar que tantas veces significa terminar con la vida de pibes jóvenes y pobres de los barrios populares de la ciudad.

Se está por cumplir un año del asesinato de Joni y la incertidumbre es grande. La familia no afloja en la lucha y está bien acompañada. Pero del otro lado están las fuerzas represivas, el Estado y la justicia provincial haciendo todo para que la causa tenga el menor impacto y la salida sea la más corta y conveniente.

Jonatan no quedó en el medio de un tiroteo como instalaron en los medios las fuentes oficiales. Fue asesinado por cuatro policías que bajaron de un colectivo cuando estaban fuera de servicio. No estaba en el medio de un tiroteo como sostienen los policías. Fue asesinado a varios metros de donde se encontraba ya reducido el pibe al que acusaban de robar una juguetería. No quedó en el medio de un tiroteo como suscribió la Fiscalía. Lo asesinaron sin mediar palabras, sin un grito de alerta, a plena luz del día, frente a su casa, donde estaba con su hermano, su primo, su novia y su pequeño hijo. No quedó en el medio de un tiroteo… No. Estaba en el medio de la vida y cuatro asesinos se la arrancaron con una ráfaga de plomo.

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